Vicente Fernández González es traductor, pero no traidor… Profesor en la Universidad de Málaga, ha recibido el Premio nacional de Traducción por su versión de Verbos para la rosa, del poeta griego Zanasis Jatsópulos.
Vicente Fernández ha ganado el Premio Nacional de Traducción dotado con 15.025 euros, por la suya de Verbos para la rosa, del poeta griego Zanasis Jatsópulos. Vicente Fernández nació en Talavera de la Reina en 1953. Es profesor de la Universidad de Málaga. Ha estudiado mucho a Cavafis, del que coordinó el número que le dedicó Litoral en 1999. También es autor de La ciudad de las ideas. Sobre la poesía de C. P. Cavafis y sus traducciones castellanas. El libro por el que ha sido premiado ahora es la segunda vez que obtiene el Premio Nacional lo publicó Miguel Gómez Ediciones en la colección «Cuadernos de Trinacria», una colección dirigida por Aurora Luque. Además de traducir del griego, le gustan los días fríos y luminosos, las cantantes de jazz y la arquitectura moderna.
Pregunta. Es la segunda vez que gana el Nacional ¿Se repite usted mucho?
Respuesta. Usted no se cansa de hacer entrevistas.
P. ¿El traductor es un traidor?
R. A esto ya respondió Jakobson en 1959: ¿traductor de qué mensajes?; ¿traidor a qué valores? (No sé si traiciono a Jakobson.)
P. ¿Conoce muchos casos en los que la traducción mejorara al original?
R. ¿Qué significa mejorar al original? La traducción vive en un espacio literario y cultural diferente al del original. ¿Cómo establecer la comparación? ¿Cómo dictaminar, por ejemplo, que la versión castellana de un haikú es «mejor» o «peor» que el original? O que una versión islandesa mejora estos versos: «Los caballos negros son. / Las herraduras son negras. /Sobre las capas relucen / manchas de tinta y de cera». Lo que sí podemos hacer es estudiar la relación que el texto traducido mantiene con el original y el lugar que ocupa en el espacio literario de acogida.
P. ¿Cree que la de Babel fue una maldición o una bendición?
R. Nunca lo sabremos, pero me gusta mucho el cuadro de Bruegel.
P. ¿Qué es más fácil, traducir versos o traducir insultos?
R. La traducción es siempre difícil. Y hay versos que son insultos.
P. ¿Es usted partidario de la literalidad o de la libertad?
R. No me interesa ese dilema. Me interesa la traducción fundamentada en una honda experiencia literaria; la experiencia de la lectura del original, la experiencia de la escritura de la versión.
P. Un traductor de Joyce me dijo una vez que traduciendo al irlandés se había sentido como en un campo de minas ¿Ha notado alguna vez esta sensación?
R. Traduciendo Verbos para la rosa, todo el tiempo. Aun ahora sigo temiendo pisar alguna.
P. ¿Qué es lo más hilarante que ha encontrado en una mala traducción?
R. No le diré lo más hilarante, pero sí lo mas reciente. Hace unos días en la carta de un restaurante indio: «pollo profundamente freído».
P. ¿Por qué le resultó «dificilísima» la traducción que ha merecido el premio?
R. Porque es un texto fronterizo, entre poética y poesía metalingüística en ocasiones, que exige precisión y plasticidad.
P. ¿Cree que una rosa necesita verbos?
R. «El mundo de los nombres es un reflejo del mundo de las cosas y viceversa. Adición interminable de piedras preciosas y semipreciosas y de piedras más humildes, de extraordinaria belleza en ocasiones. La ciencia lo estudia, lo organiza lo clasifica. La poesía lo nombra, le da significado, lo crea.» («Gemología», Verbos para la rosa, pág. 114.)
P. ¿Qué tiene el griego que no tengan los demás?
R. El griego es un palimpsesto con muchas capas. Y tiene a Cavafis.
P. ¿Existe una poesía pura o el traductor se encarga de demostrar lo contrario?
R. Existen obras vinculadas al concepto de “poesía pura”. Esas obras se traducen. La “poesia pura” francesa, por ejemplo, es conocida por los lectores de lengua espanola a través de traducciones. Y precisamente algunas de esas traducciones han contribuido sobremanera en nuestro ámbito al crédito de esa tradición poética. En todo caso, la «poesia pura» no deja de ser un intento apasionado de traducir verbo en forma.
P. ¿El lenguaje académico que emplean ustedes en la universidad es más críptico que traducible?
R. La Universidad, como todas las sociedades humanas, es polifónica. No hay un lenguaje académico, hay lenguajes académicos.
P. ¿Qué le sobra y qué le falta a la universidad de hoy?
R. Le sobra la obsesión por adaptarse al mercado laboral. Le sobra la obsesión por el currículum. Le falta serenidad, concentración en lo sustantivo. La actividad universitaria requiere otro tempo. Le falta certeza y convicción de servicio público. También financiación, claro.