Artículo de Luis Antonio de Villena sobre “A la luz del día” en la revista Mercurio

Os ofrecemos el artículo que Luis Antonio de Villena ha publicado en el Nº 98 de la Revista Mercurio sobre A la luz del día:

Un fantasma con Cavafis

Luis Antonio de Villena

Revista Mercurio, Nº 98, Febrero 2008, p. 35.

La prosa de Constantino Cavafis (1863-1933) con ser desde luego plato menor al lado de su espléndida poesía, sigue siendo bastante desconocida en nuestro idioma. Que yo recuerde sólo el tomo Prosas (que edito Tecnos en 1991) nos dio una idea con artículos varios, fragmentos de diarios y esbozos de “prosa de ficción” que nos acercaban a ese otro pero próximo Cavafis… El cuento que ahora traduce (en edición bilingüe) Bádenas de la Peña, permaneció inédito hasta 1979, cuando una neohelenista italiana, Renata Lavagnini, lo rescató y tradujo en una revista especializada de Palermo…

Como muchos de estos cuentos más o menos acabados, el que ahora podemos leer A la luz del día debió de ser escrito a finales del siglo XIX, hacia 1896, cuando el “gran Cavafis” no ha nacido aún pero ya existía el “poeta de la ciudad”, en esos tiempos interesado en algo que estaba en boga en la época: el espiritismo y la literatura sobre fantasmas, heredera del romanticismo, pero a la que el simbolismo (Gautier o Villiers de l’Isle-Adam) había dado un nuevo y más suntuoso giro. Esa preocupación la demuestra algún coetáneo poema cercano a esos temas como Turbación o En la mansión del alma. El cuento de Cavafis –impecable salvo en un final algo acelerado, como si le hubiese corrido prisa terminarlo- es el relato de Alejandro, un joven petimetre alejandrino falto de dinero y que vive como puede, que una noche tranquila de casino les relata a sus amigos (entre los que está el narrador) la oportunidad que tuvo hace años de hacerse rico –encontrando un gran tesoro- y que por miedo desaprovechó. En un sueño se le ha aparecido un señor menos viejo que su lúcida apariencia, pero con una sortija que luce una gran esmeralda, diciéndole que le ayude a sacar ese tesoro escondido de variadas gemas, que se halla cerca de la Columna de Pompeyo…

Al principio, el joven Alejandro no da importancia al sueño, hasta que se repite con audaz realismo, llegando al fin a ver al caballero de la esmeralda sentado en un cafetín donde ha dicho que le esperaría un caluroso mediodía de agosto. El joven no hará nada y el tema (que relata a sus amigos) le costará una enfermedad antes de olvidarlo. Sólo uno, especialista en ocultismo (de nuevo otra figura muy decimonónica), un tal G. V., le informa que nada hay que temer de estos fantasmas que buscan la ayuda de los humanos, pero que lamenta no haber acudido el propio G. V. porque los fantasmas diurnos (“a la luz del día”) son de mucha mayor rareza…

El relato muestra al Cavafis de su tiempo, al enamorado de Alejandría, pero también nos vuelve a dar una notable pista sobre su formación en la estética simbolista, donde no desentonaría incluso uno de sus grandes poemas como Esperando a los bárbaros. Cavafis se educó en el simbolismo (tradujo algún poema de Baudelaire) para encontrar después en su orgulloso amor a la historia y a las letras de su patria espiritual (el helenismo) el correlato perfecto para su psique y su vida. De hecho, en este cuento que es plenamente moderno y que nada tiene que ver con la Grecia antigua, se deslizan palabras sin duda amadas por cuanto connotan: dáimones (por demonios) o Erebo (por Infierno) no eran voces necesarias al relato, pero hacen sentir no sólo la querencia cavafiana, sino que (como después escribiría en un verso) “un alejandrino escribe de otro alejandrino”, nada menos.

Un buen cuento con un final algo abrupto.

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