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Las fronteras de yo. Crítica a ‘Desconcierto’ de M. Cinta Montagut

20101116 01:14

El Perseguidor nº 16
del sábado 23 de octubre de 2010.

Las fronteras de yo, escrito por
Federico Gallego Ripoll

Con Desconcierto, Mª Cinta Montagut ejecuta un giro más en su movimiento centrípeto de constatación poética de un yo vulnerable. Ningún poeta verdadero, tampoco Mª Cinta, es dueño del paisaje por donde transita. Su función es la de revelárnoslo como si fuera contemplado por ambos al unísono, y por primera vez. Todo poeta verdadero, también Mª Cinta, nos implica en su propio trayecto haciéndonos partícipes de lo experimentado poéticamente, trasladando el centro de gravedad del hecho poético desde el yo que asume la escritura como un gesto generador de experiencia (la palabra conoce conociendo), al yo que percibe lo escrito como una evidencia compartida (el lector expande su realidad asumiendo el poema, instalándolo en su propia capacidad de empatía y emoción).

Desde su primer libro de 1979, Cuerpo desnudo, hasta este Desconcierto tan bellamente editado por Miguel Gómez en Málaga, el trayecto realizado a través de sus nueve entregas por Mª Cinta Montagut, se ha ido formalizando, de manera decidida, en pos de un aquilatamiento de pocas pero firmes premisas, que son el hilo conductor de toda su poesía. Aspecto primordial en ella es la importancia de la escritura como lugar donde hace residir al yo, como terreno propio, resguardado, desde el que establecer su diálogo con el mundo. Así la ciudad y el paisaje, el amor anhelado, la compañía… en cuanto lo externo, aparecen como oposición al ser, y cuya confrontación, territorio también de su poesía, es la frontera, el límite, lo que comunica y distancia: lo que destaca y contrapone el yo frente a lo otro.

En Desconcierto, ya desde la primera parte, se instaura la escritura como única posibilidad de refugio. La palabra, la tinta, las letras, el libro, son el agua profunda en cuyo fondo reposa el metal que devuelve la imagen real de la poeta. La asunción de la verdad cotidiana como trasunto de la verdad poética, que es en la que la poeta se reconoce, y la que comparte, trastoca el orden habitual de preeminencias. Es en la memoria escrita donde reside ese núcleo de identidad que quiere preservar y transmitir. Y lo hace integrando sus límites en la propia creación: esa triple frontera en la que establece la dialéctica de su poesía; una triple frontera que es el territorio donde se constituye y comunica, desde donde toca y llama, donde recibe y asume.

La primera de estas tres fronteras es el propio cuerpo, entendido como una realidad dilatada que experimenta la sensación de vivir desde distintas y concéntricas lindes (la física, la emocional, la intelectual, la trascendente). Así todo lo vivido, lo intentado, lo soñado, lo recordado, sucede en el presente rotundo del poema, cuando la voz de la poeta conjura deseos, insatisfacciones y logros, en una realidad tangible cuyo ámbito de experiencia es el de la casa, el de la habitación, trasunto íntimo del propio yo expandido de la autora, que implica su experiencia en su discurso. La casa se establece como parte de ese yo expandido, centro, referencia, ancla, ágora donde todo confluye, donde es preciso que todo esté para ser y, en ella, los objetos cotidianos enumerados como parte de la propia identidad de la autora.

Las alusiones al paisaje siempre parecen ser establecidas desde la ventana: segunda frontera. La casa es el yo-refugio desde el que contempla “en la ventana del mundo, el transcurrir del tiempo”. También los exteriores se constituyen como recinto estático: los barcos huyen, los niños lloran y el rojo se difumina. Contemplar un paisaje es advertir que la vida sigue, pero que el sueño se ha detenido frente al mar, y es la memoria el territorio donde se cumple la realidad deseada. Porque también la mirada toca y asume.

Y, por fin, aparece el tiempo, en tercer lugar, también como frontera física, como territorio que hay que delimitar de manera continuada porque sus perfiles son siempre cambiantes: el tiempo y el tiempo diario, la permanente alusión a la hora del día, como dando fe de que ahora, en este momento, se vive; el tiempo es una frontera que se extiende también a ese límite en el que la poesía transcurre, que es el de las horas intermedias, cuando la luz decrece para ofrecer la noche como territorio de la verdad frente al día confuso; lugar de la palabra donde cristaliza el deseo de comunicación como afirmación de la propia estima y la sublimación del sentimiento, que se concreta más en el recuerdo, el sueño o el deseo, que la poeta instaura en su universo cotidiano para que adquiera carnalidad.

Escritura, cuerpo, casa y tiempo. Estos elementos, presentes en toda su obra, adquieren en Desconcierto mayor preeminencia al resolverse en más insistentes, como si esa verdad poética le fuera aproximando a su propio centro en un viaje circular, centrípeto, en el que se ha ido desapegando de cuanto no le resultara fundamental. Su poesía cristaliza a través de un discurso articulado que se ofrece a manera de visión fragmentada de una realidad ininterrumpida, que transcurre en ese escenario único que es el yo y sus fronteras. La poesía -sin títulos- se produce entonces no como objeto delimitado, sino como iluminación de un segmento de la estancia o de la historia, un instante compartido que habla de un antes y un después, siendo la forma en que aparece una porción mínima de una realidad que le sobrepasa.

Y aunque siga prevaleciendo en su verdad la afirmación de que lo más importante es siempre lo invisible, se rescata la vida, su constatación, desde el hecho de nombrar los pequeños objetos cotidianos, sus detalles, que son testimonio de su realidad y que a veces se integran en auténticos autorretratos, como la descripción de sus manos. Nada se oculta, todo es natural, y Mª Cinta Montagut se propone “acercarse a las cosas”. Es posible que perder el miedo a las cosas conlleve el perder también el miedo a uno mismo. Quizás el “desconcierto” de este libro sea la hermosa búsqueda inútil de ese instante de luz en que el tiempo se hace eterno, y en él nosotros; las fronteras se disuelven, y las palabras de Mª Cinta Montagut son la vanguardia del ser que intenta el gesto. Asumiéndolas, podemos, como lectores, traspasar la frontera. Porque todo poeta auténtico escribe también desde nuestra realidad. Y por ello no somos ajenos a cuanto se comparte desde este libro.

Novedad editorial: ‘Nudos y cadenas’ de Sergio Larriera

20100519 20:50

Nudos y cadenas

Este texto materializa el esfuerzo de esclarecimiento y transmisión que Sergio Larriera desarrolló en el curso 2008-2009 en el marco del Seminario del Campo Freudiano de Valencia.
Su gusto por la topología y su rigor en la investigación del uso particular que Jacques Lacan hace de ella en su enseñanza ya fue conocido por nosotros en este mismo marco en 1997. Fruto de doce años de trabajo es el presente libro que con toda seguridad será de gran utilidad para los estudiosos de la enseñanza de Lacan, ofreciéndose como un valioso instrumento para sus lectores y proporcionando claves de lectura de los nudos y las cadenas en el Seminario 23. El Sinthome de Lacan.

Miguel Ángel Vázquez
Colección: Ítaca
ISBN: 978-84-88326-77-5
Páginas: 96
Fecha de edición: 2013-04-20
Encuadernación: Rústica
PVP: 25.00

“De la memoria y el olvido” por María Navarro. El Mundo, 16 de febrero de 2009

20090217 12:02

«Entre los fenómenos de la conciencia, el mecanismo de la memoria es, para mí, el milagro más temible y misterioso» dice Sándor Márai en su obra autobiográfica Tierra, tierra. Manifestación que me ha evocado la cuestión del olvido y las interrogantes abiertas en España, desde que se aprobó la Ley de la memoria histórica, en relación a las víctimas de la Guerra Civil Española y la necesidad de darles lugar, poner nombre y enterrar los cuerpos que fueron abandonados tras su muerte en lugares desconocidos o silenciados. Hechos que están íntimamente vinculados a otro tan complejo y revelador como es la responsabilidad de cada sujeto en el acontecer de la historia. Tanto en relación a su decir y a sus actos, como a su silencio. «El milagro más terrible y misterioso», dice Márai. «Milagro», porque es impensable, podemos añadir; «temible», porque compete al sujeto, tiene que ver con su decisión y su manera de afrontar un real de su historia y de la del tiempo que le tocó vivir, no sólo a él sino a la serie en la que se inscribe como sujeto; «misterioso», porque evoca lo extraño, pues está en vecindad con aquello que obedece a una sustracción que por no afrontar o tolerar el sujeto no sabe que sabe y que más tarde aparecerá en la historia como aquello que solamente deja una huella pero que también vuelve como un sinsentido a descifrar —es el retorno de lo reprimido freudiano sobre lo que Lacan volverá posteriormente—. Maneras de responder que nos muestran cómo la memoria y el olvido que en esta se inscribe están vinculados a la ética de cada sujeto. Vinculación en la que indaga la clínica del psicoanálisis y que toma su valor de verdad cuando asistimos a las manifestaciones que, cada vez con menos pudor, acompañan a los individuos contemporáneos en su capacidad para desentenderse de la ley que sostiene la responsabilidad subjetiva.

El problema al que se enfrenta la sociedad contemporánea, y en particular la sociedad española, con el ejemplo de esta memoria histórica es que retornará siempre y, según cómo, con más fuerza. Pues la responsabilidad en la existencia implica la manera en que los hechos que sucedieron, o debieron suceder y no sucedieron, y las palabras que se dijeron, o dejaron de decirse, al cabo de los años, de forma sintomática retornan. Y al volver, como en las obras de Márai, pueden venir acompañados de la desbordada fuerza de un presente donde por fin se comprenden muchas cosas, o se padece, en sus múltiples formas sintomáticas, entender qué es lo que hay que hacer cuando ya poco queda por hacer. No siempre el curarse de unos hechos es cuestión de tiempo, porque el tiempo ayude a olvidar, sino que en ese tiempo transcurrido se articula el retorno.

Por esto me resulta de una total irresponsabilidad política y social que se preste oído a que hay que eludir ese lugar que se pide para el reconocimiento. Opción insistente en muchos sectores discursivos del país, que se acompaña además con la coletilla de que traer el recuerdo es remover algo que sólo servirá para enfrentar a la tranquila ciudadanía española. Cuando de lo que se trata, es de dar un lugar simbólico, y de asumir la responsabilidad de unos hechos. Se trata de dar un lugar desde la ley a aquellos que fueron “silenciados” no sólo ante la ley del derecho —pues hay unos responsables directos— sino ante la ley del sujeto que es el que teje el porvenir.

El asesinato, el despotismo, el abandono, el robo, en lo más profundo de sus significados, y bajo cualquier bandera, atañen a la dignidad, no pasan de largo por callar o justificarse una y otra vez con argumentos que remiten a un registro de poder y rivalidad que siempre quedará en una parcela imaginaria; por obviar, disimular o directamente censurar su denuncia no se elimina el peso del pasado. No sólo se trata de enterrar dignamente a los muertos y callar el resto de índole culpable (a estas alturas seguir viendo en los cementerios españoles esas listas de muertos, carne de los vencedores, bajo el epitafio «por Dios y por España» resulta casi una burla). Pues de no ser así lo silenciado volverá con la fuerza que toma aquello que fuera reprimido o excluido. Fuerza que va más allá del control, la voluntad y del saber consciente. Y no sólo en aquellos que padecieron directamente los efectos de la contienda sino también en  las elaboraciones que de ello hicieron las generaciones posteriores. Nos guste o no, estarán inscritas en las palabras que hacen a un país y  a la historia de los hombres, aquí y en cualquier lugar. La escritura de la memoria forma parte medular de la construcción de un pueblo. Rechazarlo implica que se tratará entonces de una historia en la que el agujero del olvido, como mínimo, puede convertirse en el retorno de la vergüenza. Y ésta siempre hace su trabajo. Que no es otro que el de la pobreza subjetiva de lo que no asumió: la responsabilidad de reconocer el error de creerse dueño de la verdad, del pensamiento y de los cuerpos.

No deja de impresionar, llamando a una reflexión, cuando nos encontramos con palabras como estas publicadas en el diario ABC de Sevilla en 1937: «Pronto sonará, porque el General Queipo lo quiere, la hora expiatoria de los crímenes cometidos en Málaga la Bella, Dolorosa, de este calvario de la Crucifixión de España… Óigalo el mundo civilizado, si oídos tiene. Óigalo la cristiandad universal, escarnecida por Moscú y sus sicarios. España cierra el paso a las hordas asiáticas formadas por pelotones de fantoches en ese gran guiñol judío, cuyos hilos sutiles se mueven desde el Kremlin…», y que seguramente se vertieron con la fuerza de su delirio sobre muchos de los que aun hoy descansan en las cunetas o en los cimientos de un mausoleo. Muertos que fueron y no están pero que son el testigo silencioso y cuerpo inexistente de esa memoria. Órdenes, y restos de este país que pareciera que muchos no pueden vincular con esta memoria ni con el deber implícito y la responsabilidad legal y política, ¡no digamos ética!, que de ello tiene cada uno de los que llevaron a cabo cada sentencia, el golpe militar y aquellos que lo posibilitaron y secundaron.

Resulta paradógico que un país que ha sido capaz de denunciar los crímenes ajenos y juzgarlos no se pueda interpelar para juzgar los propias. Los hechos acaecidos por los pasados golpes militares en Chile y Argentina y juzgados por la vía penal en España son testimonio de ello. ¿Qué credibilidad tendremos ahora como país cuando se frena el trabajo de aquellos que intentan volver la mirada hacia los hechos y piden reconocimiento legal para los olvidados, aduciendo falta de competencias? No deben conocer que hay un retorno y que lo que vuelve toma la vía sintomática, que puede ser de pobreza, pobreza histórica, de desarraigo, de superficialidad. ¿Qué dignidad para la juventud futura?

María Navarro
Artículo aparecido en el diarío El Mundo, el lunes 15 de febrero de 2009

“Hacia una cultura del miedo” por María Navarro

20081027 13:59
«Promover la sociedad de la felicidad absoluta es fabricar una cultura del miedo». Así termina el ensayo de Eric Wilson, Contra la felicidad. En defensa de la melancolía aparecido recientemente en español. Reivindica el texto la melancolía como musa inspiradora frente a la acuciante obligación de ser feliz que impera en el discurso contemporáneo cada vez con más fuerza.Estoy de acuerdo, como lo estarán aquellos que desde hace muchos años insistimos en el peligro de este nuevo imperativo de la época. Además, casi institucionalizado ya que ha pasado a convertirse en un factor de la política, desde el momento en que ésta reconoce en la demanda de los votantes, el derecho a la felicidad que su discurso promete; tratando de colmarlos a toda costa. Hasta llegar incluso -y esta es la nueva amenaza- a la evaluación de lo que se logra o no, respecto a un ideal normativo y cuantitativo, de aquello que el discurso imperante considera debe ser un individuo normal, adaptado y libre. Un sujeto feliz.

¿Cómo pensar que esto no siempre es factible, que la vida tiene límites estructurales imposibles de colmar, y que el sujeto tiene una responsabilidad en relación a su posición en la vida, a su deseo y a sus elecciones? Cómo pensar este derecho a la tristeza si el discurso generalizado, al pretenderla felicidad a toda costa, lo censura. Esta proscrito. Es casi una lacra.

De ahí que, a pesar de considerar el texto de Wilson de superficial, estoy de acuerdo con su propuesta -aunque diferenciando el alcance del significante melancolía que este profesor estadounidense reivindica ya que tendremos que recordar que no siempre la manifestación de la tristeza es patológica. Hay una diferencia entre el duelo y la melancolía: el estado de ánimo doloroso, la falta de interés por el mundo exterior, la dificultad para manifestar a veces la capacidad de amar, la inhibición de las actividades, son elementos comunes a ambos. Estos estados se han desencadenado a partir de una pérdida que puede ser la de una persona, un lugar, o la de un ideal. Sólo un ingrediente atañe de forma exclusiva en la melancolía: la enorme disminución del amor propio y el autoreproche hasta límites que llegan al delirio moral de empequeñecimiento. Pero el dolor, la pena y el eventual retraimiento que implica el duelo o la tristeza, tenemos que considerarlos como manifestaciones naturales que dan testimonio, en última instancia, de que los objetos no se pueden sustituir por otros tan fácilmente, como el llamado estado del bienestar pretende con sus constantes ofertas; que los seres humanos no son descartables. Que lleva tiempo y elaboración, y cada sujeto tiene su manera de enfrentarse al proceso de desasimiento que, de hecho, comienza con el advenimiento a la vida.

Y más allá de la idea romántica que vincula a la melancolía como necesaria para dar luz al proceso creativo de muchos escritores o artistas. Desde luego hay escritores melancólicos pero no por ello es una condición. Borges, por ejemplo reivindicaba este derecho a la tristeza del sujeto como motor de la vida y sin embargo no era un melancólico. Además, y en esto estaremos todos de acuerdo, hace falta talento. No todo sujeto melancólico hace una obra. La condición -para todos, creadores o no- es darle un lugar a la subjetividad, a la particularidad y al modo que tiene cada uno de hacer con ella.

En relación a la gravedad de esta la política de la felicidad hay varios pensadores y escritores más cercanos -Jacques Lacan ya se pronunció en relación a este devenir de la época y actualmente hay muchos autores que han seguido detenidamente las articulaciones del pensamiento contemporáneo y el lugar que en este discurso ocupa el sujeto, les recomiendo La política de las cosas de J .Claude Milner o el Porvenir del inconsciente de Jorge Alemán- que denuncian con seriedad el efecto y el peligro que encierra esta vertiente del discurso social, político y científico contemporáneos, que avalando sus métodos en técnicas propias de la psicología cognitiva. desembocan en el despropósito que introduce la creencia de que el individuo, con el rigor necesario, en este caso con un semblante científico de control, pudiera manejar el pensamiento y alcanzar o modificar aquello que le resulta molesto o le causa malestar. Es una lógica del estado contemporáneo que arranca desde hace años en aras del bien y la igualdad, y que desemboca en última instancia en lo que resuena como una nueva forma de campo de concentración. No hay que dar concesiones a la ingenuidad.

Un nuevo mercado con el sufrimiento en el que si no se cumple el objetivo de felicidad que el estado y el discurso científico considera «normal», podemos constatar que escenas cotidianas como que el sujeto aparece triste porque perdió recientemente a un ser querido; o que el niño esté inquieto porque acaba de nacer un hermano, o la joven que tiene interrogantes acerca del cuerpo, por ejemplo, se convierten en un: están deprimidos, o son hiperactivos, o anoréxicos, o fracasados escolares, o inadaptados sociales y como resultado: señalados y medicados para así volver al camino en el que el corredor de fondo de la felicidad se aplicará en el deber de sentirse contento, guapo, tranquilo, eficiente, positivo y, además, con un recomendable nivel de ese término que siempre me ha inspirado desconfianza que es la autoestima. Así creerá verdaderamente estar llegando a la cima de la felicidad. Con la consiguiente repetición de exigencia que desemboca en muchas ocasiones en la extenuación y el miedo por tratar de responder aun deber cada vez más despiadado. Y que alcanza a la enfermedad y a la tristeza o al duelo particular de cada individuo como una forma de rechazo social para sostener «la felicidad que nos viene».

Artículo aparecido en El Mundo

Reseña de “Poesía Completa” de Francisco González Pedraza en la Revista Encuentros

20081014 09:15

A continuación podéis leer la reseña que Santos Domínguez ha publicado en la Revista Encuentros de Poesía Completa de Francisco González Pedraza:

Francisco González Pedraza (Málaga, 1943) pertenece al grupo de poetas y tipógrafos que continuaron en Málaga la labor poética y editorial de la imprenta Sur o de la revista Litoral de Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. Su amistad con Bernabé Fernández-Canivell, Alfonso Canales, María Victoria Atencia y Rafael León, Rafael Pérez Estrada, Pablo García Baena y Vicente Núñez le familiariza con una brillante tradición a la que González Pedraza ha sumado varios títulos que se recogen en la Poesía completa que publica Miguel Gómez Ediciones en su ya nutrida y brillante colección Capitel.Desde Por el Limonar, con su tono neopopularista, al verso enamorado de los poemas corporales de Íntimas palabras o la suave melancolía elegiaca de El viento en las palabras, los azules, el viento y la arena, los cuerpos amorosos y el tiempo en fuga por las playas de Málaga se convierten en constantes vitales y poéticas de una obra que tiene como referencia constante el sur y lo mediterráneo.

En los poemas de González Pedraza, luminosos, crepusculares o nocturnos, el amor y el olvido, la plenitud solar y marina, la evocación nostálgica o la celebración del cuerpo y la luz de la naturaleza entroncan directamente con la tradición poética malagueña, pero también en un sentido amplio con una estética y una ideología vital propia de un Sur que no es sólo un espacio geográfico, sino una concepción de la realidad que enlaza también con Cavafis, a quien dedicó en 1995 una bella Evocación.

Notario marinero y observador de ultramares y estrellas lo llamó de manera gráfica Rafael Pérez Estrada, tal vez pensando en versos como estos en los que


el pájaro sencillo
confunde sus alas
con el aire.

Santos Domínguez

Artículo de Luis Antonio de Villena sobre “A la luz del día” en la revista Mercurio

20080401 12:30

Os ofrecemos el artículo que Luis Antonio de Villena ha publicado en el Nº 98 de la Revista Mercurio sobre A la luz del día:

Un fantasma con Cavafis

Luis Antonio de Villena

Revista Mercurio, Nº 98, Febrero 2008, p. 35.

La prosa de Constantino Cavafis (1863-1933) con ser desde luego plato menor al lado de su espléndida poesía, sigue siendo bastante desconocida en nuestro idioma. Que yo recuerde sólo el tomo Prosas (que edito Tecnos en 1991) nos dio una idea con artículos varios, fragmentos de diarios y esbozos de “prosa de ficción” que nos acercaban a ese otro pero próximo Cavafis… El cuento que ahora traduce (en edición bilingüe) Bádenas de la Peña, permaneció inédito hasta 1979, cuando una neohelenista italiana, Renata Lavagnini, lo rescató y tradujo en una revista especializada de Palermo…

Como muchos de estos cuentos más o menos acabados, el que ahora podemos leer A la luz del día debió de ser escrito a finales del siglo XIX, hacia 1896, cuando el “gran Cavafis” no ha nacido aún pero ya existía el “poeta de la ciudad”, en esos tiempos interesado en algo que estaba en boga en la época: el espiritismo y la literatura sobre fantasmas, heredera del romanticismo, pero a la que el simbolismo (Gautier o Villiers de l’Isle-Adam) había dado un nuevo y más suntuoso giro. Esa preocupación la demuestra algún coetáneo poema cercano a esos temas como Turbación o En la mansión del alma. El cuento de Cavafis –impecable salvo en un final algo acelerado, como si le hubiese corrido prisa terminarlo- es el relato de Alejandro, un joven petimetre alejandrino falto de dinero y que vive como puede, que una noche tranquila de casino les relata a sus amigos (entre los que está el narrador) la oportunidad que tuvo hace años de hacerse rico –encontrando un gran tesoro- y que por miedo desaprovechó. En un sueño se le ha aparecido un señor menos viejo que su lúcida apariencia, pero con una sortija que luce una gran esmeralda, diciéndole que le ayude a sacar ese tesoro escondido de variadas gemas, que se halla cerca de la Columna de Pompeyo…

Al principio, el joven Alejandro no da importancia al sueño, hasta que se repite con audaz realismo, llegando al fin a ver al caballero de la esmeralda sentado en un cafetín donde ha dicho que le esperaría un caluroso mediodía de agosto. El joven no hará nada y el tema (que relata a sus amigos) le costará una enfermedad antes de olvidarlo. Sólo uno, especialista en ocultismo (de nuevo otra figura muy decimonónica), un tal G. V., le informa que nada hay que temer de estos fantasmas que buscan la ayuda de los humanos, pero que lamenta no haber acudido el propio G. V. porque los fantasmas diurnos (“a la luz del día”) son de mucha mayor rareza…

El relato muestra al Cavafis de su tiempo, al enamorado de Alejandría, pero también nos vuelve a dar una notable pista sobre su formación en la estética simbolista, donde no desentonaría incluso uno de sus grandes poemas como Esperando a los bárbaros. Cavafis se educó en el simbolismo (tradujo algún poema de Baudelaire) para encontrar después en su orgulloso amor a la historia y a las letras de su patria espiritual (el helenismo) el correlato perfecto para su psique y su vida. De hecho, en este cuento que es plenamente moderno y que nada tiene que ver con la Grecia antigua, se deslizan palabras sin duda amadas por cuanto connotan: dáimones (por demonios) o Erebo (por Infierno) no eran voces necesarias al relato, pero hacen sentir no sólo la querencia cavafiana, sino que (como después escribiría en un verso) “un alejandrino escribe de otro alejandrino”, nada menos.

Un buen cuento con un final algo abrupto.

Artículo sobre “A la luz del día” por Luis Alberto de Cuenca en la revista cultural de ABC

20080304 12:16

Os ofrecemos el artículo que Luis Alberto de Cuenca ha escrito sobre A la luz del día y que ha aparecido en el ABCD las artes y las letras, nº 839 del día 2 de marzo de 2008:

Un cuento fantástico

Cualquier texto inédito en castellano del gran Cavafis (1863-1933) ofrece un enorme interés, pues ha habido pocos autores como él con tanta capacidad de influencia en la poesía española de los últimos treinta o cuarenta años. Cavafis resucita en la Alejandría decimonónica el viejo espíritu de los alejandrinos de época helenística, y construye una obra poética sólo comparable a la de los auténticos gigantes de la poesía mundial en el siglo pasado: Saint-John Perse, Ezra Pound, T. S. Eliot, Juan Ramón Jiménez, pocos más.

Uno de los más profundos conocedores de la obra de Cavafis en España es su traductor y exegeta Pedro Bádenas de la Peña, ex director del Instituto Cervantes en Atenas, quien lo ha vertido al español íntegramente en Alianza Editorial y conoce como la palma de su mano toda la trayectoria intelectual y estética del escritor alejandrino. De la fusión entre el creador de Esperando a los bárbaros y Pedro Bádenas ha surgido esta traducción de un precioso relato fantástico de aquél, probablemente compuesto en 1895 o 1896, y síntesis genial de las lecturas de Cavafis en el terreno de las letras fantásticas, que él conoció y leyó, básicamente, en francés: los cuentos de E. T. A. Hoffmann, traducidos a la lengua de Montaigne por Loève-Veimars, allá por los años 30 del siglo XIX, inaugurando un escenario temático por donde iban a discurrir las mágicas siluetas de Gautier, de Nerval, de Mérimée; las Histoires extraordinaires de Poe, traducidas por Baudelaire y publicadas con ese título en el bienio 1856-57; los Contes cruels de Villiers de l?Isle-Adam; la insuperable narrativa breve de Maupassant, etc.

La acción del cuento cavafiano se sitúa en la Alejandría de hace ciento diez años, en el ambiente de la alta burguesía griega en que se movía nuestro poeta, muy similar al milieu parisiense evocado por Villiers en El convidado de las últimas fiestas. No voy a contar nada del argumento. Baste saber que el plot describe un rifirrafe entre lo posible y lo imposible, que es lo que caracteriza un cuento fantástico comme il faut (si seguimos a tratadistas de lo fantástico como Caillois, Todorov, Irène Bessière o Alicia Mariño). Cuando lo razonable y lo extraño chocan de forma abrupta, se genera una duda en el lector que acaba produciendo el efecto fantástico. Cavafis lo consigue de forma magistral en A la luz del día.

Aquí pueden visitar el artículo en la edición digital de ABC

Reseña de “A la luz del día” de Cavafis en la revista Encuentros por Santos Domínguez

20080220 12:48

Os ofrecemos a continuación la reseña que Santos Domínguez ha hecho sobre A la luz del día en la revista Encuentros:

Del lugar de la literatura en donde se encuentran Poe y Baudelaire, de las raíces que alimentan la narración y la poesía contemporáneas, surge A la luz del día, el relato breve de Constantino Cavafis que publica por primera vez en castellano Miguel Gómez Ediciones, con edición de Pedro Bádenas de la Peña, traductor de la poesía de Cavafis y buen conocedor de una obra que comparte temas, actitudes y ambientes alejandrinos con este relato.

A la luz del día permaneció inédito hasta 1979, en que se editó en la Universidad de Palermo, y pertenece al terreno de la literatura fantástica. La irrupción de lo sobrenatural en lo cotidiano, la difuminación de las fronteras entre lo lógico y lo mágico son algunas de las constantes de un subgénero que se puso de moda a finales del XIX.

A la luz de día desarrolla una trama sencilla a partir de una conversación trivial. El mundo del sueño y la vigilia, el misterio y el secreto, el ensueño y el terror acaban haciéndose visibles, a través de descripciones inquietantes.

Esta es una rareza dentro de la obra de Cavafis, que lo escribió influido por la lectura de Hoffman y Poe, con quienes compartió planteamientos estéticos como la unidad de impresión, la importancia de la sugerencia, la indefinición o el ensueño, que son fundamentales también en su poesía, igual que la intensidad del estilo, la voz de la primera persona, el destello visionario o el efecto suspensivo del final abierto.

Santos Domínguez

Reseña de “Psicoanálisis y arte de ingenio. De Cervantes a María Zambrano” en la revista Lectora, por Neus Carbonell

20080212 10:25

Os ofrecemos el artículo que Neus Carbonell, colaboradora y miembro del consejo de redacción de la revista Lectora. Revista de Dones i Textualitat, ha escrito sobre nuestra publicación Psicoanálisis y arte de ingenio. De Cervantes a María Zambrano, de Erminia Macola y Adone Brandalise.

Psicoanálisis y arte de ingenio.
De Cervantes a María Zambrano

Erminia Macola & Adone Brandalise
Málaga, Miguel Gómez Ediciones, 2004

Nos encontramos hoy aquí animados y animadas por el deseo: puesto que es siempre el deseo lo que hace posible el lazo social, como nos enseña el psicoanálisis de Jacques Lacan. Animados por el deseo, Erminia Macola y Adone Brandalise escribieron su libro El psicoanálisis y arte de ingenio sobre el encuentro entre psicoanálisis y literatura, del que hablan del siguiente modo: “El encuentro entre literatura y psicoanálisis no se produce, pues, entre un aparato de técnicas interpretativas y un conjunto de objetos,sino entre los deseos que operan en el corazón de prácticas intrínsecamente infinitas”.

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¿Quién teme al psicoanálisis?

20070321 10:25

Reseña de Germán Cano a la obra Exsistencia y sujeto, de Jorge Alemán y Sergio Larriera, aparecida el 21 de marzo de 2007 en el diario La Razón

Desconozco hasta qué punto “el siglo XXI será lacaniano o no será”, como afirmó hace unos días Jorge Alemán, pero desde luego, a la vista de la paulatina descomposición del cadáver del modelo filosófico de la hermenéutica —¡hay quien hablaba en los ochenta de este modelo como si fuera el nuevo horizonte insuperable!—, parece evidente que no podemos reflexionar sobre el mundo espectral que se avecina desprovistos del amargo y lúcido botiquín crítico del psicoanálisis. En un tiempo como el nuestro en donde la obscenidad de una vida cada vez más indistinguible de lo biológico satura todo escenario político, no nos basta ya con deconstruir o poner entre paréntesis el viejo sujeto clásico; es preciso dar un paso más y lidiar con el intruso incurable que mora en cada uno.

Si alguien ha roturado dicho camino en España, muchas veces a contracorriente, para llegar a comprender esta idea; si alguien nos ha enseñado a pensar con rigor en términos filosóficos el legado de Freud y Lacan, éste ha sido Jorge Alemán, muchas veces, como en esta ocasión, con su inseparable cómplice Sergio Larriera. El espacio reflexivo, a la fuerza no institucional, que ambos han sabido recortar desde hace veinte años no puede ser más oportuno para pensar el presente: la continuación del diálogo entre el filósofo que con más profundidad penetró en la esencia de la técnica y el psicoanalista que, en su ambicioso proyecto de “volver a Freud”, mejor supo deletrear la fuerza del deseo y sus trampas.

Efectivamente, pese a sus notables diferencias intelectuales y recelos mutuos, “tanto Freud como Heidegger constituyen los dos procedimientos más exhaustivos del desmantelamiento del sujeto moderno”. En ambos, el magno periplo formativo de la historia humana que, por última vez, tratara de reconstruir Hegel en la “Fenomenología” desemboca en un punto muerto: este viaje no nos lleva ya a ningún hogar, sino, quizá, a la clínica. Hoy las ganancias, como recuerdan varias veces Alemán y Larriera en el texto, sólo pueden proceder de las pérdidas. De ahí, pues, la urgencia de pensar en esta fractura inhóspita más allá de la lógica de una última totalidad reflexiva. Aquí Freud y Heidegger se ven obligados a desenterrar con mimo en el ámbito de la experiencia un espacio extremadamente frágil, silencioso, menesteroso de gestión, de un mayor cuidado y ocultado por las falsas alharacas de los “grandes acontecimientos”.

En la sutil y tensa conversación entre Heidegger y Freud que, por medio de Lacan, Alemán y Larriera reconstruyen, destacan no pocos desarrollos sugerentes. Pasemos revista muy someramente sólo a algunos. En primer lugar, la comparación entre el relato neurótico y la no asunción de la analítica de la “exsistencia”. Asimismo, la necesidad de añadir a la reflexión heideggeriana de “Ser y tiempo” la dimensión de la pulsión, la sexualidad y su diferencia, sospechosamente neutralizadas por el pensador alemán en virtud, creemos, de un reflejo defensivo.

Lejos de estériles aproximaciones académicas, el libro pone de manifiesto de este modo cuán útil puede llegar a ser pensar a Heidegger contra el propio Heidegger. Es decir, es posible, por ejemplo, descubrir en qué sentido el filósofo alemán no se atrevió a pensar hasta sus últimas consecuencias lo que él mismo había vislumbrado. Una posibilidad que puede surgir si lo interpretamos desde la singular “enseñanza” de Lacan y la experiencia analítica. Cuestiones, por ejemplo, como la culpa o la deuda, quizá excesivamente marcadas por el lastre conceptual existencialista, adquieren nuevas tonalidades cuando no son analizadas ontológicamente, sino desde el planteamiento freudiano de la finitud. Por último, cabría subrayar la fecunda interpretación “topológica” que los autores ofrecen de la filosofía del límite de Eugenio Trías desde este brillante y necesario telón de fondo teórico.
Germán CANO

Exsistencia y sujeto. Jorge Alemán y Sergio Larriera