Las fronteras de yo. Crítica a ‘Desconcierto’ de M. Cinta Montagut
20101116 01:14El Perseguidor nº 16
del sábado 23 de octubre de 2010.
Las fronteras de yo, escrito por
Federico Gallego Ripoll
Con Desconcierto, Mª Cinta Montagut ejecuta un giro más en su movimiento centrípeto de constatación poética de un yo vulnerable. Ningún poeta verdadero, tampoco Mª Cinta, es dueño del paisaje por donde transita. Su función es la de revelárnoslo como si fuera contemplado por ambos al unísono, y por primera vez. Todo poeta verdadero, también Mª Cinta, nos implica en su propio trayecto haciéndonos partícipes de lo experimentado poéticamente, trasladando el centro de gravedad del hecho poético desde el yo que asume la escritura como un gesto generador de experiencia (la palabra conoce conociendo), al yo que percibe lo escrito como una evidencia compartida (el lector expande su realidad asumiendo el poema, instalándolo en su propia capacidad de empatía y emoción).
Desde su primer libro de 1979, Cuerpo desnudo, hasta este Desconcierto tan bellamente editado por Miguel Gómez en Málaga, el trayecto realizado a través de sus nueve entregas por Mª Cinta Montagut, se ha ido formalizando, de manera decidida, en pos de un aquilatamiento de pocas pero firmes premisas, que son el hilo conductor de toda su poesía. Aspecto primordial en ella es la importancia de la escritura como lugar donde hace residir al yo, como terreno propio, resguardado, desde el que establecer su diálogo con el mundo. Así la ciudad y el paisaje, el amor anhelado, la compañía… en cuanto lo externo, aparecen como oposición al ser, y cuya confrontación, territorio también de su poesía, es la frontera, el límite, lo que comunica y distancia: lo que destaca y contrapone el yo frente a lo otro.
En Desconcierto, ya desde la primera parte, se instaura la escritura como única posibilidad de refugio. La palabra, la tinta, las letras, el libro, son el agua profunda en cuyo fondo reposa el metal que devuelve la imagen real de la poeta. La asunción de la verdad cotidiana como trasunto de la verdad poética, que es en la que la poeta se reconoce, y la que comparte, trastoca el orden habitual de preeminencias. Es en la memoria escrita donde reside ese núcleo de identidad que quiere preservar y transmitir. Y lo hace integrando sus límites en la propia creación: esa triple frontera en la que establece la dialéctica de su poesía; una triple frontera que es el territorio donde se constituye y comunica, desde donde toca y llama, donde recibe y asume.
La primera de estas tres fronteras es el propio cuerpo, entendido como una realidad dilatada que experimenta la sensación de vivir desde distintas y concéntricas lindes (la física, la emocional, la intelectual, la trascendente). Así todo lo vivido, lo intentado, lo soñado, lo recordado, sucede en el presente rotundo del poema, cuando la voz de la poeta conjura deseos, insatisfacciones y logros, en una realidad tangible cuyo ámbito de experiencia es el de la casa, el de la habitación, trasunto íntimo del propio yo expandido de la autora, que implica su experiencia en su discurso. La casa se establece como parte de ese yo expandido, centro, referencia, ancla, ágora donde todo confluye, donde es preciso que todo esté para ser y, en ella, los objetos cotidianos enumerados como parte de la propia identidad de la autora.
Las alusiones al paisaje siempre parecen ser establecidas desde la ventana: segunda frontera. La casa es el yo-refugio desde el que contempla “en la ventana del mundo, el transcurrir del tiempo”. También los exteriores se constituyen como recinto estático: los barcos huyen, los niños lloran y el rojo se difumina. Contemplar un paisaje es advertir que la vida sigue, pero que el sueño se ha detenido frente al mar, y es la memoria el territorio donde se cumple la realidad deseada. Porque también la mirada toca y asume.
Y, por fin, aparece el tiempo, en tercer lugar, también como frontera física, como territorio que hay que delimitar de manera continuada porque sus perfiles son siempre cambiantes: el tiempo y el tiempo diario, la permanente alusión a la hora del día, como dando fe de que ahora, en este momento, se vive; el tiempo es una frontera que se extiende también a ese límite en el que la poesía transcurre, que es el de las horas intermedias, cuando la luz decrece para ofrecer la noche como territorio de la verdad frente al día confuso; lugar de la palabra donde cristaliza el deseo de comunicación como afirmación de la propia estima y la sublimación del sentimiento, que se concreta más en el recuerdo, el sueño o el deseo, que la poeta instaura en su universo cotidiano para que adquiera carnalidad.
Escritura, cuerpo, casa y tiempo. Estos elementos, presentes en toda su obra, adquieren en Desconcierto mayor preeminencia al resolverse en más insistentes, como si esa verdad poética le fuera aproximando a su propio centro en un viaje circular, centrípeto, en el que se ha ido desapegando de cuanto no le resultara fundamental. Su poesía cristaliza a través de un discurso articulado que se ofrece a manera de visión fragmentada de una realidad ininterrumpida, que transcurre en ese escenario único que es el yo y sus fronteras. La poesía -sin títulos- se produce entonces no como objeto delimitado, sino como iluminación de un segmento de la estancia o de la historia, un instante compartido que habla de un antes y un después, siendo la forma en que aparece una porción mínima de una realidad que le sobrepasa.
Y aunque siga prevaleciendo en su verdad la afirmación de que lo más importante es siempre lo invisible, se rescata la vida, su constatación, desde el hecho de nombrar los pequeños objetos cotidianos, sus detalles, que son testimonio de su realidad y que a veces se integran en auténticos autorretratos, como la descripción de sus manos. Nada se oculta, todo es natural, y Mª Cinta Montagut se propone “acercarse a las cosas”. Es posible que perder el miedo a las cosas conlleve el perder también el miedo a uno mismo. Quizás el “desconcierto” de este libro sea la hermosa búsqueda inútil de ese instante de luz en que el tiempo se hace eterno, y en él nosotros; las fronteras se disuelven, y las palabras de Mª Cinta Montagut son la vanguardia del ser que intenta el gesto. Asumiéndolas, podemos, como lectores, traspasar la frontera. Porque todo poeta auténtico escribe también desde nuestra realidad. Y por ello no somos ajenos a cuanto se comparte desde este libro.






