
Si bien es cierto que en nuestro actual mercado de libros de narrativa –y esto resulta igualmente válido para la poesía- se pone más atención al descubrimiento de jóvenes valores, no es menos cierto que esos jóvenes valores son más la excepción que el común denominador, que es la disposición natural del escritor a madurar con los años. Éste es el caso innegable de la poeta madrileña radicada en Barcelona, Maria Cinta Montagut quien, con
La voluntad de los metales (1), modula la idea que ya en su segundo libro,
Como un lento puñal (Sevilla, 1980) destaca Marta Pessarodona en el prólogo, la del “yo como cazador solitario”, que Cinta toma de la novela
El corazón es un cazador solitario, de Carson Mac Cullers, y que desarrolla a lo largo de toda su obra, esto es, el otro concebido como complemento de la propia soledad, la vieja idea platónica en donde es esa soledad la que se pone especialmente de relieve. Y en ese contexto la palabra es el medio para llegar a lo ajeno tanto como el conocimiento de sí, la anagnórisis. Antes, sobrado es decirlo, hay que pasar por un descenso a los infiernos, una lucha con el ángel que se sucede cotidianamente, en
El tránsito del día (como reza otro de sus títulos; Málaga,
Miguel Gómez Ediciones, 2001). El contrapeso es la esperanza de que acaso la palabra sea el punto convergente que concilie la ausencia de la ansiedad de amar con la trascendencia que lleva a la comprensión del otro y a su cercanía. Al final ambos supuestos antagonismos no resultan sino anclajes contra el paso del tiempo. Su poesía incide en el hecho de robarle la verdad al tiempo, conocimiento por medio de la poesía, y silencio entendido como génesis, paso y regeneración.
Con La voluntad de los metales, y a partir del descenso a los infiernos Colectivo que fue el atentado al World Trade Center de Nueva York en septiembre de 2001, al que no hace referencia directa -para que el atentado sea símbolo de cualquier masacre-, sino a través de un conocido poema de Poeta en Nueva York de Lorca “Ciudad sin sueño”(”No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.”), la mirada queda convertida en un gran ojo, que, como una lente de aumento, en poemas que no dejan paso a versos poco trabajados, recorre el horror de la destrucción y la muerte a partir de lo minúsculo: el polvo de los metales en el aire tras el derrumbamiento de las torres gemelas, las pequeñas escenas individuales, donde lo mínimo cobra dimensión de destino. Una visión de microscopio de la que la poeta conoce sus riesgos: falta de objetividad, descripción del espanto en extremo minuciosa y en consecuencia esperpéntica. Pero el uso de un lenguaje directo, fulminante, a veces irónico, en poemas de ira contenida que eliminan un uso escabroso relegando toda morbosidad, y que denuncian y nombran, incluida la propia impotencia, alejan los supuestos peligros. Una mirada atenta conlleva una palabra atenta, aún cuando no hay la confianza de que el discurso sea capaz de transformar o de que siquiera incite a sobrevivir. Pero como estamos hechos de la misma materia que el lenguaje, incluso cuando éste deja sólo “esquirlas de sílabas”, la forma de sus huellas, hemos que dar testimonio para que no se vuelvan hegemónicas las “noches inciertas sin palabras”. En algún lugar de esa palabra el plomo, vuelto esquirla –que es sinónimo de dureza-, da a veces en la diana.
Si la primera parte del libro es una línea de salida, donde se sitúa el cuadro de enfoque, la segunda es un recorrido por un mundo de desesperanza, de donde el mar, como elemento de vida, ha desertado. Estamos, pues, en el infierno, la tierra se ha vuelto un enorme crisol en cuyo interior se funden los metales. El único color emergente es el gris, el plomo del edificio derrumbado y convertido en polvo de ceniza. La mirada también se calcina, y las palabras, al personalizarse, vueltas hueso y carne, son, a su vez, susceptibles de quedar heridas. El plomo todo lo contamina, pone de relieve solo las formas y de repente no hay espacio ni lugar conocido, todos los nombres, los de los vivos y los de los muertos, se han vuelto anónimos.
Ya en la tercera parte se puntualiza que ese anonimato de lo “otro”, esos nombres que se desconocen forman también parte del yo: “L´inconnu, qui meurt à genoux/ c´est moi/ quelle que soit/ l´odeur de son ombre” [Lo desconocido, que muere de rodillas/ soy yo/ cualquiera que sea/ el olor de su sombra.] es el epígrafe que Mª Cinta Montagut toma de un poema de la poeta de habla francófona Nadia Tueni. Cinta recoge de otra voz de mujer, la de la italiana Antonella Anedda, la idea de que la realidad no es tenaz, y por tanto necesita nuestra protección y la integra en páginas que describen un universo desbordado y, por tanto, perdido.
Podríamos decir que la desolación hace de este libro una suerte de poética de la madurez, donde también la palabra, ese antiguo espacio en el que cobijarse, la casa del lenguaje, es cuestionada y desmitificada, por su incapacidad para renombrar o para detener o siquiera describir el desastre.
Pero ahora, más que nunca y precisamente por las pocas cosas vivas que quedan en pie, esa palabra se vuelve una lucha cuerpo a cuerpo para sobrevivir.
En definitiva ni mirada ni palabra son ya inocentes “Óxido en la saliva/ en la boca, en los ojos. (…) / en el lugar preciso de la rabia.” y el descenso se vuelve más concéntrico, donde el ojo que acecha se sitúa en el mismo estallido, más acusador: el “disparo inocente” empieza desde las mismas casetas con hileras de patos, más irónico: haciendo desaparecer los colores, pues “no se puede negar que en blanco y negro/ quedan los reportajes más discretos.” La permanencia sólo habita en el mar, en el deseo augural, en tierra sólo quedan, dice Cinta casi con sarcasmo, esos muertos molestos, cuyas bocas y ojos hay que sellar con “sal gruesa”, cuyas cenizas quedan por tierra, “su silencio bajo llave”.
Rosa Lentini