Archivo de la categoría'Críticas'

Presentación, a cargo de Fernando Ojea, de la obra “Pensar la psicosis” de Enrique Rivas

20061010 19:30

Enrique rivas. Pensar la psicosisA continuación incluimos la intervención del filósofo Fernando Ojea en la presentación de la obra de Enrique Rivas Pensar la psicosis en la que también intervinieron Jorge Aleman, Ricardo Saiegh y Begoña Olabarría.

En lo que se refiere al contenido, también puede declararse la importancia del tema escogido, su eventual repercusión en otras disciplinas en principio ajenas a la que sirve de plataforma al autor; pueden también destacarse la singular penetración intuitiva y hasta la originalidad del texto. Todas estas cualidades podrían atribuírse al libro de Enrique Rivas. ¿Entonces qué? ¿Se ha acabado la función del presentador y ya no hay más que decir? No, podemos hablar desde otra perspectiva, una, por ejemplo, que abandone las características del libro como mero objeto cultural y que trascienda, como corresponde a un libro de pensamiento, hacia su eventual incidencia en el campo del saber. En este sentido, se me ocurre hablar desde la doble perspectiva de la eficacia y de la necesidad de una obra. Podemos definir su eficacia como la exposición rigurosa y exhaustiva de cierto asunto, que garantiza de esa manera su justa comprensión. Por exhaustividad no entiendo que el autor agote todas las posibles dimensiones del tema, sino que evite, lo que no es frecuente, plantear cuestiones no sólo sin resolver sino además privando al lector de todo recurso para emprender su eventual solución. Un texto eficaz es el que ofrece al menos una propuesta de solución a cada uno de los problemas planteados. El libro de Enrique Rivas cumple éste requisito: junto al rigor conceptual de la exposición, nos encontramos con la transparencia de un texto que no promete lo que no dá y que dá lo que promete.

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Jorge Alemán y Sergio Larreira indagan en el pensamiento de Lacan en su nuevo libro

20060918 17:21

Exsistencia y sujeto. Jorge Alemán y Sergio LarrieraEl pasado viernes 15 de septiembre apareción en el diario SUR de Málaga la siguiente reseña de el último libro de Jorge Aleman y Sergio Larriera.

Los escritores Jorge Alemán y Sergio Larreira siguen trabajando en el campo de la filosofía y el pensamiento en su nuevo libro, ‘Existencia y sujeto’, que ha publicado el sello malagueño Miguel Gómez Ediciones. Esta obra supone un nuevo giro de la investigación que desde hace más de veinte años realizan los autores en torno la pensamiento de Jacques Lacan. Los escritores comenzaron a mitad de los años setenta a transmitir la enseñanza de Lacan en España, fundando la primera revista e institución psicoanalítica de Madrid con dicha orientación: ‘Serie Psicoanalítica’. Además, han publicado varias obras sobre este tema. / R. C.


Dolor y conciencia. Montagut se enfrenta a “La voluntad de los metales”

20060630 14:27
El 4 de mayo de 2006 apareció esta crítica al último libro de M. Cinta Montagut La voluntad de los metales en el Diario de Córdoba, en la sección Cuadernos del Sur.Critica a La voluntad de los metales de M. Cinta Montagut. Colección Capitel nº 22. Miguel Gomez Ediciones

Crítica de La voluntad de los metales, de Cinta Montagut. Por Rosa Lentini

20060312 14:36
La voluntad de los metales, de Cinta MontagutSi bien es cierto que en nuestro actual mercado de libros de narrativa –y esto resulta igualmente válido para la poesía- se pone más atención al descubrimiento de jóvenes valores, no es menos cierto que esos jóvenes valores son más la excepción que el común denominador, que es la disposición natural del escritor a madurar con los años. Éste es el caso innegable de la poeta madrileña radicada en Barcelona, Maria Cinta Montagut quien, con La voluntad de los metales (1), modula la idea que ya en su segundo libro, Como un lento puñal (Sevilla, 1980) destaca Marta Pessarodona en el prólogo, la del “yo como cazador solitario”, que Cinta toma de la novela El corazón es un cazador solitario, de Carson Mac Cullers, y que desarrolla a lo largo de toda su obra, esto es, el otro concebido como complemento de la propia soledad, la vieja idea platónica en donde es esa soledad la que se pone especialmente de relieve. Y en ese contexto la palabra es el medio para llegar a lo ajeno tanto como el conocimiento de sí, la anagnórisis. Antes, sobrado es decirlo, hay que pasar por un descenso a los infiernos, una lucha con el ángel que se sucede cotidianamente, en El tránsito del día (como reza otro de sus títulos; Málaga, Miguel Gómez Ediciones, 2001). El contrapeso es la esperanza de que acaso la palabra sea el punto convergente que concilie la ausencia de la ansiedad de amar con la trascendencia que lleva a la comprensión del otro y a su cercanía. Al final ambos supuestos antagonismos no resultan sino anclajes contra el paso del tiempo. Su poesía incide en el hecho de robarle la verdad al tiempo, conocimiento por medio de la poesía, y silencio entendido como génesis, paso y regeneración.

Con La voluntad de los metales, y a partir del descenso a los infiernos Colectivo que fue el atentado al World Trade Center de Nueva York en septiembre de 2001, al que no hace referencia directa -para que el atentado sea símbolo de cualquier masacre-, sino a través de un conocido poema de Poeta en Nueva York de Lorca “Ciudad sin sueño”(”No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.”), la mirada queda convertida en un gran ojo, que, como una lente de aumento, en poemas que no dejan paso a versos poco trabajados, recorre el horror de la destrucción y la muerte a partir de lo minúsculo: el polvo de los metales en el aire tras el derrumbamiento de las torres gemelas, las pequeñas escenas individuales, donde lo mínimo cobra dimensión de destino. Una visión de microscopio de la que la poeta conoce sus riesgos: falta de objetividad, descripción del espanto en extremo minuciosa y en consecuencia esperpéntica. Pero el uso de un lenguaje directo, fulminante, a veces irónico, en poemas de ira contenida que eliminan un uso escabroso relegando toda morbosidad, y que denuncian y nombran, incluida la propia impotencia, alejan los supuestos peligros. Una mirada atenta conlleva una palabra atenta, aún cuando no hay la confianza de que el discurso sea capaz de transformar o de que siquiera incite a sobrevivir. Pero como estamos hechos de la misma materia que el lenguaje, incluso cuando éste deja sólo “esquirlas de sílabas”, la forma de sus huellas, hemos que dar testimonio para que no se vuelvan hegemónicas las “noches inciertas sin palabras”. En algún lugar de esa palabra el plomo, vuelto esquirla –que es sinónimo de dureza-, da a veces en la diana.

Si la primera parte del libro es una línea de salida, donde se sitúa el cuadro de enfoque, la segunda es un recorrido por un mundo de desesperanza, de donde el mar, como elemento de vida, ha desertado. Estamos, pues, en el infierno, la tierra se ha vuelto un enorme crisol en cuyo interior se funden los metales. El único color emergente es el gris, el plomo del edificio derrumbado y convertido en polvo de ceniza. La mirada también se calcina, y las palabras, al personalizarse, vueltas hueso y carne, son, a su vez, susceptibles de quedar heridas. El plomo todo lo contamina, pone de relieve solo las formas y de repente no hay espacio ni lugar conocido, todos los nombres, los de los vivos y los de los muertos, se han vuelto anónimos.

Ya en la tercera parte se puntualiza que ese anonimato de lo “otro”, esos nombres que se desconocen forman también parte del yo: “L´inconnu, qui meurt à genoux/ c´est moi/ quelle que soit/ l´odeur de son ombre” [Lo desconocido, que muere de rodillas/ soy yo/ cualquiera que sea/ el olor de su sombra.] es el epígrafe que Mª Cinta Montagut toma de un poema de la poeta de habla francófona Nadia Tueni. Cinta recoge de otra voz de mujer, la de la italiana Antonella Anedda, la idea de que la realidad no es tenaz, y por tanto necesita nuestra protección y la integra en páginas que describen un universo desbordado y, por tanto, perdido.

Podríamos decir que la desolación hace de este libro una suerte de poética de la madurez, donde también la palabra, ese antiguo espacio en el que cobijarse, la casa del lenguaje, es cuestionada y desmitificada, por su incapacidad para renombrar o para detener o siquiera describir el desastre.

Pero ahora, más que nunca y precisamente por las pocas cosas vivas que quedan en pie, esa palabra se vuelve una lucha cuerpo a cuerpo para sobrevivir.

En definitiva ni mirada ni palabra son ya inocentes “Óxido en la saliva/ en la boca, en los ojos. (…) / en el lugar preciso de la rabia.” y el descenso se vuelve más concéntrico, donde el ojo que acecha se sitúa en el mismo estallido, más acusador: el “disparo inocente” empieza desde las mismas casetas con hileras de patos, más irónico: haciendo desaparecer los colores, pues “no se puede negar que en blanco y negro/ quedan los reportajes más discretos.” La permanencia sólo habita en el mar, en el deseo augural, en tierra sólo quedan, dice Cinta casi con sarcasmo, esos muertos molestos, cuyas bocas y ojos hay que sellar con “sal gruesa”, cuyas cenizas quedan por tierra, “su silencio bajo llave”.

Rosa Lentini