Diálogos sobre el humor y la risa con un filósofo contemporáneo

En la trastienda de Miguel Gómez Ediciones conviven ensayos que indagan en la condición humana y poemarios que se asoman al abismo con ironía. Por eso pareció natural convocar a un pensador que lleva años interrogando uno de los gestos más desconcertantes de nuestra especie: la risa. La siguiente conversación nació al calor de un café en el centro de Málaga, entre libros, ocurrencias y silencios cargados de sentido.

Invitamos a un filósofo formado en la tradición continental pero curtido en lecturas anglosajonas, capaz de moverse entre Aristóteles y las comedias slapstick con la misma soltura. Su mirada combina la rigurosidad del concepto con la sospecha de que toda teoría del humor termina, en algún punto, desmontándose a sí misma. Las páginas que siguen recogen parte de aquel encuentro, con sus digresiones, sus bromas involuntarias y sus hallazgos inesperados.

El lector hallará aquí un retrato a varias voces: la voz del entrevistado, la del propio entrevistador y la de una tradición filosófica que, desde Platón hasta Bergson, ha intentado domesticar lo cómico mediante categorías. Lejos de ofrecer respuestas definitivas, esta charla propone un ejercicio de atención hacia un fenómeno cotidiano que, precisamente por cotidiano, suele escapar al análisis.

Un encuentro inesperado entre dos cafés

La conversación empezó de manera bastante convencional. Le pedimos al filósofo que nos hablara de su último ensayo sobre la estética de lo cómico y él respondió, con media sonrisa, que cualquier intento de escribir seriamente sobre el chiste estaba condenado a producir un nuevo chiste involuntario. Aquella declaración de principios —mitad confesión, mitad provocación— marcó el tono de las horas siguientes.

Ambos llegamos pronto al acuerdo de que la risa no es simplemente una respuesta fisiológica ni un mero dispositivo social de cortesía. Decidimos tratarla como lo que en el seno de la tradición fenomenológica se llamaría una experiencia: algo que acontece, que transforma a quien lo vive y que deja un rastro difícil de verbalizar. Así pues, evitamos las definiciones cerradas y apostamos por un método más errático, más cercano al ensayo que al tratado.

Qué es el humor sin caer en la trampa de definirlo

La primera pregunta fue, casi por descuido, la más difícil. ¿Qué es el humor? El filósofo respondió que cualquier definición demasiado precisa delata una falta de oído cómico. Recordó la célebre sentencia atribuida a E. B. White —"el humor puede descomponerse en sus elementos como puede descomponerse un pez, pero nunca volverá a estar vivo"— y propuso que quizá esa inutilidad metodológica fuera una pista, no un obstáculo.

Insistió en que existen tres tradiciones filosóficas fuertes al respecto: la teoría de la superioridad, que recorre a Thomas Hobbes y a Platón; la teoría de la incongruencia, defendida por Kant y por pensadores anglosajones contemporáneos; y la teoría del alivio, asociada a Herbert Spencer y a Sigmund Freud. Cada una captura algo verdadero, ninguna agota el fenómeno. Añadió, con una pausa irónica, que filosofar sobre el humor es, en el mejor de los casos, una forma refinada del disparate.

Recomendó entonces acercarse a la publicación independiente Lost Modernists, donde diversos autores exploran las zonas raras de la cultura contemporánea, incluida la zona donde el humor se cruza con la melancolía. Esa recomendación dio pie a una reflexión más amplia sobre cómo el ensayo humorístico ha sido durante décadas un género menor, mal clasificado y peor editado.

La risa como hecho del cuerpo y del lenguaje

Cuando el diálogo viró hacia la fisiología, el filósofo se mostró sorprendido por la riqueza del campo. Recordó los trabajos de Charles Darwin sobre la expresión de las emociones en animales y en humanos, así como los experimentos contemporáneos que sugieren que las ratas emiten ultrasonidos inaudibles cuando se les hace cosquillas. Esa pista biológica le parecía decisiva para rechazar cualquier teoría puramente intelectualista de lo cómico.

A su juicio, la risa es siempre un hecho del cuerpo: una exhalación súbita, una sacudida muscular, una alteración momentánea del ritmo respiratorio. Pero es también un hecho del lenguaje, y ahí reside su carácter filosóficamente fascinante. Reímos con las palabras, contra las palabras, en los intersticios donde el sentido se afloja. La risa habita en la frontera entre el sonido y el significado, y por eso se escapa a cualquier ciencia que pretenda reducirla a un único dominio.

Aprovechó para citar una frase que le acompaña desde hace años: reír es un error gramatical del cuerpo. Con ella quiso subrayar que la risa, más que un signo de alegría, es una señal de que algo en la arquitectura habitual de la experiencia se ha desencajado. Esa desencajadura puede ser leve o devastadora, cómica o trágica, pero siempre deja al sujeto ligeramente descentrado, en un estado que los fenomenólogos llamarían de extrañeamiento productivo.

Tragedia, comedia y la bisagra entre ambas

Preguntado por la relación entre lo cómico y lo trágico, el filósofo respondió que en su genealogía ambas categorías nacen casi juntas, en los mismos festivales atenienses del siglo V. Sófocles y Aristófanes compartían escenario, y no era infrecuente que el público pasara del llanto a la carcajada en cuestión de escenas. Esa vecindad histórica sugiere que ambas modalidades son, más bien, hermanas.

Para nuestro interlocutor, lo trágico pone en juego una idea de exceso: el sufrimiento se vuelve incomprensible, el lenguaje se queda corto, el héroe se precipita en un abismo sin consuelo. Lo cómico, en cambio, trabaja con un exceso de signo contrario: el sentido se desborda, las palabras se multiplican, lo cotidiano se vuelve absurdo por exceso de familiaridad. La tragedia y la comedia serían así dos formas de habitar un mundo que excede nuestras capacidades de comprensión.

Insistió en que existe una zona intermedia, a menudo ignorada, donde ambas pulsiones se entrelazan. Citó el caso del humor judío, del humor negro y de ciertas tradiciones del carnaval medieval, donde la risa funciona como una venganza simbólica de los desvalidos frente a los poderosos. Esa risa crítica no es alegre ni ligera: es, por el contrario, una forma de sostener el duelo frente a lo intolerable.

Diversos acentos de lo cómico en el mundo

La conversación derivó hacia las variaciones culturales del humor. El filósofo concedió que cada lengua, cada tradición narrativa, cada religión construye su propia cartografía de lo permitido, lo esperado y lo ofensivo. Lo que resulta hilarante en un contexto puede resultar obsceno en otro, y las traducciones del humor —tanto literal como cultural— son siempre misiones arriesgadas.

Mencionó el caso fascinante de la traducción literaria como acto de creación el caso de una poeta japonesa, donde la transferencia de un idioma a otro pone de manifiesto hasta qué punto los mecanismos cómicos están codificados culturalmente. Un juego de palabras que en japonés depende de la homofonía puede volverse opaco en castellano; un chiste basado en convenciones sociales mexicanas puede caer en el vacío en Buenos Aires.

Esa dimensión cultural le llevó a polemizar suavemente con quienes creen en un humor universal. Para él, lo que viaja con facilidad son las estructuras formales de la incongruencia —el giro inesperado, el absurdo deliberado—, pero la carga semántica concreta permanece casi siempre atada a comunidades lingüísticas específicas. Por eso, concluyó, traducir el humor es una de las tareas más difíciles y más creativas que existen, un terreno donde la sensibilidad del traductor decide más que cualquier teoría.

El humor dentro y fuera de los libros

Al hilo del encuentro, el filósofo quiso reivindicar un género híbrido: el ensayo que piensa con humor y ríe pensando. Citó a Chesterton, a Cavafis en sus versiones más desenfadadas, a ciertos poemas de Wislawa Szymborska, y también a ensayistas hispanos contemporáneos que, en su opinión, no han recibido aún la atención que merecen. Reivindicó, en particular, la figura del pensador que escribe con una ironía cálida, nunca fría, capaz de desmontar dogmas sin producir cinismo estéril.

Reconoció que la industria editorial suele tratar este tipo de escritura como un género incómodo. Ni enteramente ensayo ni enteramente literatura, circula entre secciones mal delimitadas y termina por no llegar a su público natural. Frente a esta marginación comercial, propuso una defensa activa: leer a los autores que cultivan ese cruce, recomendarlos sin complejos y permitir que los alumnos universitarios descubran, junto con los clásicos filosóficos, las tradiciones ensayísticas que cultivan una risa crítica.

Insistió en que la filosofía sin humor acaba volviéndose litúrgica, y la literatura sin humor tiende a la solemnidad vacía. Algo de comicidad bien administrada es, a su juicio, una señal de salud intelectual: indica que el autor no se ha tomado demasiado en serio, que está dispuesto a corregir sus propias tesis y que conserva cierto oído para los matices ridículos de la condición humana.

Lecturas cómicas para tiempos inciertos

Antes de cerrar la entrevista, le pedimos al filósofo que compartiera unas recomendaciones de lectura. La selección que propuso evitó las listas previsibles y apostó por mezclas inesperadas, uniendo ensayos clásicos con novelas donde la comicidad es estructural, poemarios irónicos y alguna que otra rareza editorial.

Como cierre del encuentro, el filósofo quiso dejar una imagen: la risa como una forma de hospitalidad. Reírse con alguien es admitir que no estamos solos, que otro comparte con nosotros una manera de ver el mundo. Por eso, dijo, escribir filosofía con humor no es frivolidad: es una invitación a que el lector se sienta recibido en una conversación donde nadie es imprescindible y todos pueden equivocarse con dignidad.

Al abandonar el café, ambos teníamos la sensación de haber tratado un asunto antiguo con herramientas modernas, sin haberlo agotado. La risa, igual que la filosofía, sigue siendo un trabajo pendiente. Y ese carácter inconcluso es, probablemente, su mayor encanto: nos obliga a volver a ella una y otra vez, con seriedad, con ironía y, sobre todo, sin la pretensión de clausurarla.

Queda una sola idea para retener: el humor no es un adorno de la vida intelectual, sino una de sus operaciones más serias. Quien lo desatiende termina produciendo discursos solemnes sobre asuntos cruciales; quien lo cultiva con cuidado abre la puerta a pensamientos que ningún tratado grave lograría formular.