Publicar literatura lésbica: conversación con una editora que arriesga
Lucía Herrero lleva más de una década al frente de una editorial pequeña que se ha especializado en un terreno que las grandes casas suelen evitar: la narrativa escrita por mujeres lesbianas, sobre lesbianas o pensando desde el deseo entre mujeres. En un país donde la industria del libro depende todavía de estructuras familiares, de una red de distribución que premia los best sellers y de una crítica literaria que mira de reojo a las editoriales independientes, sostener un proyecto así exige algo más que entusiasmo o militancia: hace falta oficio, paciencia y una fe sostenida en los textos.
La encontré en una cafetería del centro de Málaga, con un café con leche entre las manos y un manuscrito recién impreso al lado. Hablamos durante dos horas sobre los entresijos de su trabajo, sobre las autoras que la formaron como editora, sobre los retos económicos que asume cada vez que decide abrir una colección nueva y sobre la manera en que el deseo y la política se cruzan en cada manuscrito que pasa por su mesa. Esta es la versión editada de aquella conversación.
Los años previos a fundar la editorial
Lucía llegó al mundo del libro por la puerta de atrás, como ella misma reconoce. Estudió filología hispánica en la Universidad de Granada y durante casi ocho años trabajó en una librería de viejo del barrio de las Letras en Madrid, donde aprendió a leer catálogos como quien lee prospectos médicos. "Me di cuenta de que los títulos que me cambiaban la vida no existían en las mesas de novedades, sino en los fondos de las estanterías, olvidados o directamente descatalogados", recuerda.
En esos años leyó con verdadera voracidad a autoras como Monique Wittig, Adrienne Rich, Audre Lorde, Sarah Waters y, sobre todo, a las escritoras españolas que habían quedado fuera de los manuales y de las antologías. Esa educación sentimental e intelectual fue la que la empujó a fundar su propia editorial en 2014, primero como un proyecto casi artesanal, imprimiendo pequeños lotes de libros que ella misma llevaba a ferias de pueblo, centros culturales y asociaciones vecinales.
El primer título que cambió todo
El catálogo arrancó con un poemario de una autora casi desconocida que hablaba del deseo entre mujeres en un lenguaje seco, sin ornamentos, sin coartadas. "Fue un acto de fe", confiesa Lucía. "No tenía red de distribución, ni librería amiga, ni publicidad contratada. Solo tenía un libro y la convicción de que alguien lo estaba esperando, en alguna parte".
Aquel primer título se agotó en seis meses y tuvo que reimprimirse por sorpresa. La sorpresa, según ella, fue mayúscula y le confirmó algo que sospechaba: existía un público lector que buscaba esos textos y que, de hecho, estaba dispuesto a pagar por ellos y a recomendarlos después. "Eso cambió mi manera de pensar la edición", asegura. "Dejé de verlo como militancia pura y empecé a verlo como un trabajo editorial serio, con sus plazos, sus números, sus reimpresiones y sus lectores de vuelta".
Cómo llega un manuscrito a sus manos
La mayoría de los libros del catálogo llegan por recomendación directa o después de una larga correspondencia con la autora. "No aceptamos manuscritos anónimos ni trabajamos con agentes literarios", explica Lucía. "Las autoras me escriben, a veces cartas larguísimas en las que me cuentan su vida, otras veces un correo electrónico de tres líneas, y a partir de ahí comienza una conversación que puede durar meses".
Esa conversación previa es, según la editora, tan importante como el texto mismo. "Quiero saber qué quiere contar, por qué quiere contarlo en este momento y a quién le está hablando", señala. Una vez que el libro entra en el proceso, pasa por lecturas cruzadas con otras editoras independientes, por un dictamen externo y, si todo encaja, se inicia un trabajo editorial que puede durar entre seis meses y dos años. "Hay libros que tardan tanto en gestarse como un embarazo", bromea.
La conversación con las autoras
Editar es, para Lucía, una forma de escucha. Las autoras que pasan por su catálogo suelen escribir desde la vulnerabilidad y desde el deseo, dos territorios que el mercado editorial trata con torpeza o directamente con desprecio. "Muchas de las mujeres que publican con nosotros llevan años escribiendo en cuadernos, sin mostrarle el texto a nadie. Cuando alguien decide abrir ese cuaderno y mostrárselo a una editora, lo que hace es confiar, y ese gesto hay que tratarlo con cuidado", reflexiona.
Por eso, su trabajo comienza antes de la corrección de estilo. "A veces una autora llega con una novela brillante, pero con miedo a que un personaje sea demasiado explícito, a que un final sea demasiado político o a que la crítica la acuse de panfletaria. Mi tarea es ayudarla a sostener lo que escribió, no a suavizarlo", añade. Esa ética del cuidado marca todo el proceso: desde el diseño de portada, donde se evita el rosa pastel y la iconografía edulcorada, hasta la maquetación, pensada para que el texto respire y para que la lectura no se sienta vigilada.
Herencias filosóficas para pensar la edición
Cuando le pregunto qué lecturas teóricas sostienen su trabajo cotidiano, Lucía menciona primero a Simone de Beauvoir, pero también a teóricas más recientes como Paul B. Preciado, Jack Halberstam, Sara Ahmed y la española Marina Garcés. Asegura que la filosofía francesa ha dejado una huella profunda en la narrativa contemporánea y en la forma de entender el cuerpo, el deseo y la subjetividad, y me recomienda un ensayo filosófico reciente que leyó hace poco y que, según dice, le hizo replantearse varias líneas de su catálogo.
Esa conversación intelectual es la que, en su opinión, distingue a las editoriales independientes de las grandes superficies comerciales. "Una cadena de librerías vende productos culturales; nosotras intentamos articular un pensamiento", resume. Y añade que, sin esa base teórica y crítica, editar literatura lésbica se convierte en una moda pasajera, en un eslogan de temporada, cuando debería ser un trabajo de muchos años, sostenido por generaciones de lectoras y editores.
Difusión, redes y los márgenes del mercado
Difundir un libro de estas características sigue siendo un reto cotidiano. Las grandes revistas literarias apenas reseñan títulos de editoriales independientes, los suplementos culturales están copados por los lanzamientos de los grandes grupos y los programas de radio especializados conceden cada vez menos espacio a las novedades pequeñas. "Por eso aprendimos a buscar otros canales", explica Lucía.
El boca a boca entre lectoras, las presentaciones en centros sociales y de juventud, las mesas redondas en bibliotecas públicas y las colaboraciones con festivales de cine y arte son el grueso de su estrategia de difusión. También el mundo digital: Lucía menciona con frecuencia el blog Ábrete sésamo como una de las publicaciones independientes que mejor han entendido el catálogo de su editorial y el trabajo de muchas autoras que pasan por sus páginas. "Hay blogueros y blogueras que llevan años reseñando libros que las cabeceras tradicionales ignoran. Para nosotras son tan importantes como cualquier crítico cultural con espacio en un periódico", asegura.
Las redes sociales generalistas, sin embargo, las utiliza con prudencia. "Instagram y TikTok sirven para mostrar portadas y para crear comunidad, pero no sustituyen al trabajo de prensa ni a la reseña larga", matiza. El correo electrónico, las listas de distribución y la relación directa con las lectoras siguen siendo, según su experiencia, las herramientas más fieles y las que mejor convierten a una compradora ocasional en una lectora habitual.
Lo que se viene en los próximos meses
El próximo trimestre verá la luz una novela de una autora argentina exiliada en Barcelona que escribe sobre los años del silencio durante la última dictadura, y un ensayo de una filósofa joven que lleva años trabajando sobre el concepto de "amistad peligrosa" entre mujeres. Asimismo, preparan una antología de relatos breves escrita por autoras de distintas generaciones, un proyecto que Lucía llevaba años queriendo hacer y que por fin ha encontrado su forma editorial.
Para quienes quieran seguirle la pista a proyectos editoriales de este tipo y a otras conversaciones parecidas, la página de contacto de Miguel Gómez Ediciones reúne información sobre catálogos independientes, ferias locales y propuestas de colaboración que orbitan en la misma dirección. "Cada libro es una pequeña victoria", dice Lucía antes de despedirnos. "Pero la verdadera victoria es que dentro de diez años haya diez editoriales más haciendo lo mismo, y que ninguna tenga que justificarse por existir".
Recomendaciones de lecturas del catálogo
- Una novela epistolar ambientada en el Madrid de los años setenta que reconstruye una historia de amor entre dos mujeres a través de cartas que nunca llegaron a enviarse.
- Un poemario escrito desde la experiencia del exilio que convierte el deseo en una forma cotidiana de resistencia política.
- Un ensayo autobiográfico sobre los afectos entre mujeres mayores, un tema apenas atendido por la literatura en castellano y por la crítica académica.
- Una colección de cuentos breves que dialogan con la tradición del realismo mágico para contar vidas lesbianas en la España rural de los años noventa.
- Un libro de conversaciones entre una escritora joven y una poeta veterana que llevan años intercambiando cuadernos, lecturas y silencios.
La conversación terminó cuando el café ya estaba frío y la luz de la tarde empezaba a caer sobre la calle Larios. Lucía recogió el manuscrito que la esperaba, lo guardó en una carpeta de tela y se levantó con el gesto tranquilo de quien sabe que todavía queda mucho por editar, por leer y por escuchar. La literatura lésbica en castellano no es un género cerrado ni una etiqueta cómoda: es una conversación que lleva décadas abierta y que, gracias a editoras como ella, sigue encontrando nuevas voces dispuestas a tomar la palabra.